Descansar de los hijos

Tranquila, cariñoso, alegre, muy sociable, risueño… ¿Qué puede decir un padre o madre de sus hijos? Lo que no es tan común admitir es que “se enfada”, “necesita atención”, “es obsesivo”, “si no le das la razón puede entrar en crisis” e incluso “se puede poner agresivo”, aunque esto puede ser parte de la vida cotidiana de muchas familias.

En esta época de verano, todos disfrutamos de unas merecidas vacaciones, que se traducen en momentos de descanso, de huir de la rutina y de coger fuerza para afrontar un nuevo curso. Pero, ¿qué significa descansar para las familias cuidadoras? Para Loli, madre de Rafa, que disfruta de los campamentos de Antares desde hace 22 años, supone lo mismo que para Beatriz, que participa desde hace 10, o para la familia de Antonio, padre de Laura, que ha viajado  por primera vez en este último campamento: se trata  “…del principal descanso familiar del año” con la “tranquilidad de saber que mi hijo está bien en el campamento con sus amigos”, tal y como confirman muchas de las familias que disfrutan del programa de respiro de Antares.

Como para el resto de la sociedad, la participación de un hijo o hija en un campamento estival supone conciliar laboral y socialmente pero para muchas familias, además, significa descansar de sus propios hijos e hijas. Sí, descansar. Se trata una necesidad vital para muchas familias cuidadoras de la Comunidad de Madrid; de un momento clave de respiro familiar. “Para nosotros es importante la sensación de normalización durante estos días: Raúl pasa las vacaciones con sus amigos, como cualquier chico de 19 años, y nosotros disfrutamos las nuestras como cualquier pareja de padres de un chico de 19 años. Durante esos quince días es como si no hubiera dependencia”, explica Nieves, madre de Raúl. Y es que, cuando la dependencia de un hijo o hija supone una atención constante e individualizada durante las 24 horas al día de los 365 días al año, un campamento de verano de 15 días puede suponer “Nuestras vacaciones”, matiza Beatriz, madre de Bea.

Aún así, para una familia nunca es fácil separarse de sus hijos pero para las familias de Antares es una necesidad hacerlo. “La primera vez que participó aún era muy pequeño, 12 años, tenía miedo de que no se adaptara y de que no le cuidaran bien…”, comenta Araceli, madre de Nacho, quien como otras familias se enfrentaron a la añoranza de separarse de un hijo dependiente por primera vez. “Le eché mucho de menos por la cantidad de días”, nos explica Lola, madre de Carlos. Otras familias se enfrentan al “miedo a que no se encontrara a gusto, a que no supieran manejar sus estallidos, a que nos llamaran para que fuéramos a buscarlo, a que se pasara triste o enfadado las dos semanas y no disfrutara de las vacaciones, a que agrediera a otros chicos o monitores y estar nosotros tan lejos”, explica Nieves.

Pero esta incertidumbre desaparece cuando se observan los resultados: “…volvió feliz, deseando volver, había aprendido a hacer cosas nuevas, hablaba de sus amigos y de sitios donde no había estado con nosotros” y es que como es lógico existe muchas veces un miedo inicial que se diluye cuando se vive “una buena experiencia, tanto para él como para nosotros”, recalca Maria Teresa “porque salía de la protección de los padres y se abría a otras experiencias, disfrutar con sus amigos, mientras la familia tiene vacaciones reales”, como “las familias normales. En ese primer campamento supimos lo que era ser una familia normal”, añade Beatriz.

De esta manera, las familias cuidadoras encuentran en el campamento de verano un servicio que proporciona una atención adecuada y de calidad que garantiza el bienestar de sus hijos e hijas como un valor añadido a la necesidad de respiro familiar. Así, se trata de una oportunidad de cubrir la necesidad de disfrute de un ocio personal y sociabilización de las personas con discapacidad intelectual, como el resto de jóvenes de sus edad, y hoy en día el campamento supone para ellos y ellas una oportunidad de vivir. “Para Dani, el estar en Antares con todos los monitores es muy positivo porque ha encontrado en ellos a sus amigos de diversión” matiza María Isabel, y aunque muchas veces no puedan comunicarse, las familias observan “que lo pasa bien, disfruta sobre todo con los monitores y creo que le ha servido para no estar tan apegado a nosotros, ser más sociable, y compartir” explica Cristina, madre de Pedro. Tanto es así, que muchas familias subrayan cambios en el comportamiento de sus hijos e hijasobservamos que es algo más autónoma”, comenta Santiago sobre su hija Lorena, tras su vuelta del campamento. “Para él supone pasarlo bien y ello genera independencia con respecto a la familia”, añade Josemaría, padre de Peri.

De esta manera, hablamos de una independencia necesaria que les permite vivir de la manera más normalizada posible aquellas vivencias acordes a su edad, mientras las familias cuidadoras «recargan pilas» para poder seguir adelante. Así, desde entidades como Antares, trabajamos para ofrecer una mejora constante en la calidad de vida de ambos, familias y personas con discapacidad intelectual.

 

Antares es una entidad pionera y especializada en la atención a personas con discapacidad intelectual y grandes necesidades de apoyo con el fin de fomentar su inclusión, integración y normalización, ofreciendo al mismo tiempo respiro y conciliación laboral y social a las familias cuidadoras de la Comunidad de Madrid.

Agradecemos la participación de todas las familias que han hecho posible este artículo.